Equipo editorial de Servir al Pueblo

París arde en llamas y no pide permiso
Las protestas estudiantiles en Francia han desatado oleadas de movilizaciones, escuelas cerradas o incendiadas, enfrentamientos con la policía , miles de detenidos y la rabia de una clase que no se pliega, y que defiende con uñas y dientes los derechos que un día se conquistaron a través del combate.

Por más que el Estado intente sofocar esta lucha, criminalizarla y enterrarla, la lucha de la clase obrera organizada es inextinguible. Su rabia es incontenible. Su acción es imparable.
Los gobernantes no tienen nada que hacer contra un pueblo dispuesto a pagar el costo necesario por defender la dignidad de su clase, y la prueba es que no han podido hacer nada, por más que lo han intentado. Siguen subiendo por miles las cifras de detenidos, pero fuera, en las calles, son muchos miles más.
Mientras tanto, en el Estado español, la rabia ha estallado por la indecente realidad de la clase obrera, que se ha encarnado de nuevo en el ruin desahucio de una mujer de 87 años con un 50% de minusvalía, para permitir que especuladores carroñeros llenen un poco más sus desbordante bolsillos.
Es una rabia que ha llenado calles y plazas, que ha acampado en el centro de las principales ciudades donde la vida es imposible, o como mínimo, improbable, para cualquier persona de clase trabajadora. Es un grito que se ha oído en cada rincón del Estado, un grito justo y claro, de un pueblo que no puede dejarse ahogar, que no puede seguir agachando la cabeza o intentar buscar salidas individuales en un sistema que no deja escapatorias.
Es un grito que ha agitado el Congreso, que ha recordado a los políticos que no pueden gobernar como antes, que el aumento de su represión no es suficiente para hacernos callar y que no hay nada que puedan hacer contra un pueblo insumiso.
Es un grito que ha revuelto al fascismo organizado y la extrema derecha, que despierta con virulencia y que fracasa en sus intentos por imponerse ante los antifascistas que se mantienen en pie. “Aquí están los antifascistas” gritamos. “No pasarán” gritamos.
Y cuando gritamos “No pasarán” lo hacemos también en la memoria de aquellos que amaban tanto a su pueblo, y que amaban tanto la libertad y la justicia, que la defendían con la fuerza del fusil.
Muchos todavía, intentan contener la rabia en los márgenes aceptables para el Estado. “Esta protesta es legítima, en tanto que es pacífica” en lugar de “esta protesta es legítima, en tanto que es justa”.
Nuestra lucha es justa, y debemos llevarla a cabo por todos los medios necesarios
Nos enfrentamos a un sistema que es violento, que reprime con violencia, con una legalidad que es violenta para la clase obrera, y que ejerce también la violencia saltándose su propia legalidad.
Las redes se inundan de imágenes de violencia policial, en desahucios, en movilizaciones… agresiones sin miramientos a personas vulnerables, impunidad total de los cuerpos represivos, agresiones racistas a personas migrantes, escuadrones de fascistas a la caza.
Mientras resistimos y contenemos el aliento, París arde en llamas sin pedir permiso.
Cada derecho que hoy peleamos, fue conquistado mucho antes por aquellos que no se dejaron extorsionar por las migajas ni amedrentar por la represión. Se conquistó en combate, sin obedecer a una legalidad hecha a medida del opresor.
Justificar que una reivindicación o una acción es justa en tanto que «es legal» significa decir que:
1. Que la legalidad burguesa es justa y que quienes la aplican también lo son.
Si así fuera, no tendríamos que estar en las calles peleando por el cumplimiento del artículo 47 de la Constitución española, que lleva 48 años aprobado. No estaríamos enfrentando sanciones criminales a activistas impuestas gracias a la Ley Mordaza. No estaríamos destapando las prácticas ilegales del Ministerio del Interior, la corrupción de nuestros gobernantes, no estaríamos parando los desahucios de personas vulnerables…
2. Que actuar conforme a la legalidad garantiza “estar a salvo”
Como si no se contasen por decenas los montajes policiales de los últimos años a activistas. Como si fuese necesario que hubiera pruebas para encausar a quienes molestan al sistema. Como si adoptar una actitud pacifista nos dejara libres de asumir un costo por rebelarnos, de una u otra forma.
3. Que la acción violenta es ilegitima
Decía Marx que la violencia es partera de la revolución, y esta es una verdad que nadie puede negar. Ninguna revolución, ninguna conquista obrera, se ha hecho por medios pacíficos.
El oportunismo pretende construir un relato absurdo que valida la lucha contra el franquismo, por la conquista de la jornada de 8 horas, de los derechos democráticos para las mujeres, por la libertad de expresión… pero que hace ilegítima la violencia por unas condiciones de vida dignas para el pueblo hoy, ¿cuál es la diferencia? Que hoy esa lucha se levanta contra ellos y contra el sistema que sostienen. Pretenden vendernos que atacarles es atacar a la democracia.
¿Qué democracia? ¿Cuál es la democracia de la que hablan?
La democracia de las clases dirigentes, de la oligarquía financiera, de los monopolios, de los fondos buitre. La democracia de los corruptos, de las concesiones, del dinero público para fines privados. La democracia de los disparos en la frontera, de las palizas a migrantes. La democracia de los barrios vacíos, convertidos en zoológicos para turistas o en bloques de zulos para especular. La democracia de las familias sin casa, sin trabajo, sin luz, sin comida, sin papeles. La democracia de las personas sin servicios públicos, de las listas de espera en sanidad que se llevan por delante vidas, de las personas sin tratamiento o sin diagnóstico por el colapso en centros de salud. De los niños y jóvenes, y de sus familias, que ven cómo se deteriora el sistema educativo, de los educadores que soportan este deterioro y el empeoramiento de sus condiciones laborales.
Hay más democracia en las imágenes de los valencianos rompiendo el cordón policial que protegía a los especuladores, que en cualquier votación del Congreso. Y para muestra un botón. Mientras el pueblo inundaba las calles asfixiado por el problema de la vivienda, el Congreso votaba NO a las decretos parche propuestos, incluso impidiendo la más mínima reforma que pudiera aliviar la presión sobre los hombros de las familias obreras.
Hoy, el presidente del gobierno agita ante la indignación la varita mágica de las elecciones generales, y llama a la responsabilidad de los españoles para que “España siga siendo un baluarte de apertura y de justicia social”.
Confía en nuestra memoria a corto plazo, confía en que no recordamos que ya hemos oído de su boca que “esta va a ser la legislatura de la vivienda” mientras se sucedían los desahucios y los precios de la vivienda y alquiler ahogaban a la mayoría de la clase trabajadora. Que olvidemos que su partido ha gobernado durante 8 años en los que la vivienda no ha dejado de ser jamás “un bien de mercado”. Confía, como el resto de partidos socialdemócratas, en que olvidemos las lecciones del 15M, en el que el descontento del pueblo y la desconfianza en las instituciones se canalizaron a través de la vía institucional, para seguir traicionando, bajo otro signo y color los intereses del pueblo. Confían en que volvamos a vaciar Sol, y que convirtamos la lucha por la dignidad de nuestro pueblo en una pata más de su campaña electoral. Confían en que leamos sus programas, y que sin creer una palabra llenemos las urnas de unos votos que los legitimen para otra legislatura en la que los incumplan de forma sistemática. Confían en que nos creamos su chantaje, en que pueden lograr hacernos sentir culpables, hacernos sentir cómplices del crecimiento del fascismo organizado, mientras reprimen a quienes lo combaten en los barrios.
Cada partido moverá ahora sus títeres, señalará a otro con el dedo, fabricará bulos, traficará con las esperanzas de la clase trabajadora y tratará de hacernos entrar en un juego que nunca podremos ganar, porque ellos son quienes ponen las reglas.
Detrás de los telones, las cortinas de humo y los efectos especiales, como siempre, el pueblo sirviendo como moneda de cambio, como carne de cañón.
Esa es la lógica de la clase dominante, no la lógica de los oprimidos. Vivimos hoy las consecuencias de la mentira que no dejan de repetirnos, como una fatalidad inevitable, y sin embargo, lo que es evidente es que esta convocatoria de elecciones no es más que un intento desesperado por legitimar a los partidos institucionales, sin el apoyo del pueblo ni mayoría para poder gobernar, y sofocar la organización y la respuesta popular.
Las denuncias de los sindicatos y organizaciones de policías hablando de su propia desprotección y falta de medios lo único que hacen es evidenciar algo: que no hay medios suficientes para contenernos. No porque no cuenten todavía con ellos, sino porque no existen ni existirán. Nada es más poderoso que la rabia organizada del pueblo, y querer aplacarla o querer hacerla ver como algo indecente es no ver que es la reacción más justa contra lo indecente de este sistema.
No podemos hacer apología de la resignación, no podemos legitimar su sistema de opresión, no podemos defender que “poner el cuerpo” es dejarnos apalear hasta la victoria, no podemos bajar la guardia ante sus falsas promesas. Somos muchos más, hemos heredado la miseria pero también el coraje de los que lucharon antes que nosotros por la libertad y contra el fascismo, los que la defendieron pese a todo, por la fuerza.
Tenemos que estar dispuestos a pagar el costo de estar en el lado correcto de la historia, elevar la combatividad, hacer de cada barrio una trinchera, luchar por todos los medios necesarios y no dejar algo tan valioso como la dignidad de nuestro pueblo en manos de quienes por décadas la despiezan y la venden al mejor postor.
Es justo rebelarse, y por tanto, esa y no otra es nuestra responsabilidad.


