El papel de la violencia revolucionaria y las tareas revolucionarias hoy en día en Francia

A continuación compartimos una traducción no oficial de un artículo publicado por La Cause du Peuple el 8 de octubre. A pesar de ser un documento de reflexión para la situación en Francia, creemos que es un documento con conclusiones extrapolables al contexto español, aportando lecciones de valor sobre el papel de la violencia revolucionaria en nuestro país,y contra las tesis que defienden en los movimientos sociales que el pacifismo es una herramienta útil para el cambio social y político en el Estado español. Cualquier error en la traducción es nuestra responsabilidad. Los destacados están en el artículo original.

La gran revuelta de los estudiantes de secundaria, que partió de la juventud proletaria, es la expresión concentrada de todos los problemas de una sociedad y de su sistema social en profunda crisis y, al mismo tiempo, contiene sus soluciones. El retorno de la lucha de clases vuelve a poner en el centro del debate la cuestión de «la violencia». Todo el motor del proceso histórico actual se resume en la contradicción que se desarrolla entre la violencia revolucionaria de las masas y la violencia reaccionaria del aparato burgués.

Engels, en su magistral obra «El papel de la violencia en la historia», explicaba que la violencia es un medio para mantener la base económica, al igual que lo es para transformarla. Francia es una sociedad de clases en la que la minoría burguesa explota a la mayoría, el proletariado. Es una sociedad basada en la explotación del proletariado francés y, principalmente, de los países dominados: la violencia no puede sino estar en el centro de su reproducción. Este sistema de dominación solo puede mantenerse mediante la violencia reaccionaria. El Estado burgués es, una vez despojado de toda su pompa, un destacamento especial de hombres armados por encima de la sociedad1 cuya función es mantener el orden social burgués a través de la policía, el ejército, las cárceles y la justicia. La fuerza pública «se fortalece a medida que los antagonismos de clase se exacerban dentro del Estado»2. Así pues, la violencia es justa desde el punto de vista burgués cuando sirve a sus intereses. La violencia, los asesinatos policiales, la intervención del ejército y las masacres son legítimas desde el punto de vista burgués con el fin de mantener el orden. El mantenimiento del orden —es decir, el orden en el que la burguesía domina a toda la sociedad— es violencia legal, mientras que la violencia revolucionaria que lucha por un orden justo se transforma en «violencia callejera». La violencia se convierte en un mal absoluto cuando pasa a ser la herramienta política del proletariado y de las masas populares. Así se justifica que destruir una vida mutilándola es aceptable, e incluso necesario, mientras que quemar un contenedor de basura es un delito en Francia en 2026.

La juventud proletaria más oprimida de Francia, que sufre en carne propia la política —es decir, la contradicción antagónica entre el proletariado y la burguesía—, ha comprendido instintivamente el carácter de clase del Estado. En su momento, los Chalecos Amarillos también habían empezado a entenderlo a golpe de ojos perdidos [Nota del traductor: debido a los disparos de pelotas de goma de la policía que mutilaron a muchos manifestantes], palizas y cárcel. Las nuevas generaciones no necesitan grandes discursos para comprender que al Estado y a los ricos les traen sin cuidado la palabrería pacifista. Entienden, y lo han entendido desde que existe la sociedad de clases, que sin el uso de la fuerza no hay nada. Ningún cambio importante en la historia se ha conseguido a base de peticiones o de manifestaciones que van desde la Bastilla hasta Nation [Nota del traductor: plaza muy distintiva en París].

Así pues, el jueves 1 de octubre no podía sino sembrar el pánico entre la burguesía y todo su aparato de Estado. El proletariado de las periferias metropolitanas, al desatar una relativa violencia revolucionaria de masas con un ímpetu que no haría sonrojar a sus antepasados comuneros, ha despertado los recuerdos del Terror. La juventud proletaria es la digna heredera de los sans-culottes y de los hijos e hijas de la inmortal Comuna de París. Con un espontaneísmo organizado, la juventud más hermosa que tiene nuestro país, armada de un valor acorde con la Historia, ha venido a desestabilizar el consenso burgués y a dar una vía vibrante a la profunda rabia del pueblo. La juventud del 93 [Nota del traductor: este número se refiere al departamento de Saint-Denis, área metropolitana de París, donde la protesta estudiantil-juvenil está siendo especialmente feroz] se ha convertido en la caja de resonancia del 70 % de la población, en una palabra, de las masas populares. Esta juventud, al igual que el proletariado, no forma parte del consenso; lo rechaza porque, por experiencia histórica, sabe que va en contra de sus intereses. Por eso, las manifestaciones típicas del centro de la ciudad son rechazadas por el núcleo de la clase. Pertenecen a las capas intermedias, a los «sindicalistas», al «ámbito político», a todos aquellos que, en el fondo, no han roto con el consenso y que aún esperan algo de este régimen en decadencia. La juventud proletaria, junto a sus tropas de choque, la Juventud Comunista, ha demostrado que el proletariado es el motor y la dirección de la Revolución Socialista en Francia. La juventud proletaria ha logrado arrastrar al resto de la juventud en su estela, lo cual es un hecho elocuente. Lo mismo ocurrirá con la clase obrera, que es la única que tiene los medios para arrastrar a los amplios sectores de la sociedad que se encuentran en crisis. También en este caso, la única cuestión pendiente es la estructuración de un poderoso Movimiento Comunista, es decir, de su vanguardia.

Ahora comprendemos la importancia estratégica que tiene para la burguesía contener el movimiento juvenil (y cualquier movimiento social) en manifestaciones no antagónicas, que no rompan ni el consenso ni el orden burgués, y que se nieguen a la política. El secuestro de las negociaciones tras largas jornadas de luchas vacías es siempre el indicio de que se vuelve a tomar las riendas. Aquí tenemos la lucha entre lo viejo y lo nuevo, entre la vieja época y la nueva ola de la Revolución Proletaria. El retorno de la violencia política expresa la ruptura del socialismo frente al imperialismo en acción, en la práctica.

La manifestación del martes 6 de octubre, en la que la policía tenía órdenes de retroceder, de reprimir con cierta moderación y de aceptar y controlar las manifestaciones espontáneas, es un intento de recuperar el control sobre el movimiento y reinsertarlo en el espectáculo democrático, evacuando el exceso de combatividad. Por lo tanto, es evidente que el Movimiento Comunista en su conjunto debe presionar para destruir este consenso, aumentando la movilización y la combatividad de las masas. En este sentido, las reivindicaciones inmediatas tienen poca importancia frente a la cuestión del desarrollo de la conciencia revolucionaria. Las reivindicaciones de cualquier movimiento son siempre una contradicción: deben permitir victorias, pero al mismo tiempo pueden formar parte del espectáculo democrático, del retorno a la normalidad. Hay que ser muy ingenuo, o hipócrita, para pensar que la explosión de violencia revolucionaria de estos últimos días es consecuencia de la falta de profesores… Pensar eso es despolitizar el Movimiento, porque el fondo del asunto es, en realidad, la sociedad actual, el futuro de una juventud a la que se le escapa por completo ese futuro, cuyo horizonte se sitúa entre el ecocidio y la guerra mundial. Las reivindicaciones de las masas insurgentes eran muy otras; en esencia, consistían en «dar una paliza a los polis» y «quemar el instituto», condensadas en la consigna «no somos perros». ¿De qué estamos hablando, si no es de los representantes directos de la opresión burguesa en el día a día de la juventud proletaria? La escuela burguesa no es un agente de emancipación del proletariado, sino una herramienta de formación para un orden injusto: el capitalismo. Por su parte, la policía acecha el día a día de los barrios populares y aterroriza a la juventud en su propio espacio vital. Atacar directamente al poder, sin pasar por todos los mecanismos de control burgueses, ya es en sí mismo una reivindicación de la necesidad de conquistarlo por la vía revolucionaria. El proletariado desea el poder, exige el liderazgo político.

El movimiento actual se encuentra en una encrucijada; debemos poner todo nuestro peso y nuestra fe para inclinarlo hacia el lado de la revolución. El reto político a partir de ahora es superar y romper con la deriva «tipo movimiento social» de épocas pasadas. No podemos aceptar que sea recuperado, asimilado o destruido por el oportunismo. El Movimiento Comunista debe impulsar esto por todos los medios posibles. Aceptar que el Estado recupere el control sobre el movimiento es sentenciar su muerte y condenar de antemano al 17. Además, es empujar a la juventud a los brazos del oportunismo electoral, que se aprovechará de la angustia del proletariado. Es en estos momentos intensos cuando la vanguardia se revela y es elegida por las masas. Hay una fracción de la población que ya es revolucionaria y que cuenta con la masa necesaria para cambiar la agenda política de reestructuración y reaccionarización de la vieja sociedad; debemos despertarla.

Sea como fuere, la violencia revolucionaria es justa. La juventud proletaria de Francia es gloriosa; ha hecho temblar los cimientos de la vieja sociedad al recordar a todos los adinerados, a los burgueses y a sus perros guardianes que el Terror de 1793 solo se ha pospuesto. Es valiente, no cobarde. Que quede claro: bajo cada capucha hay un Robespierre, un comunero, un miembro de la Resistencia; no habrá lugar para las medias tintas.

NOTAS

1 – Lenin, el Estado y la Revolución.

2 – Íbidem.