La lucha por la tierra en América Latina pone en jaque a los imperialistas

Comité de Apoyo al Nuevo Brasil


Pancarta desplegada durante la batalla de Barro Branco con la consigna: “O risco que corre o pau corre o machado” (el riesgo que corre el filo lo corre también el hacha), dando a entender a los paramilitares que si querrían guerra, guerra tendrán. Fuente: diario A Nova Democracia.

En los últimos años, especialmente desde 2020, la lucha por la tierra ha florecido en toda América Latina. Bajo la consigna “la tierra para quien la trabaja”, miles de campesinos pobres se organizan para ocupar fincas. Reparten la tierra tomada entre las familias que participan, y transforman las tierras improductivas en productivas. Donde había monocultivo de soja, ahora hay maíz, arroz y frijoles. Donde había eucalipto, ahora hay yuca, patatas y ganado. Donde había estructuras del latifundio, ahora hay escuelas para niños, guarderías colectivas y puestos médicos de atención primaria. El latifundio convierte al campo miseria, hambre y humillación. Con la lucha por la tierra, el campo huele a vida.

En todo el continente, desde Ciudad Juárez en el norte hasta Tierra de Fuego en el cono sur, los terratenientes tiemblan cuando ven a los más pobres del campo (campesinos pobres sin tierra, a los pequeños campesinos arruinados, jornaleros y obreros agrícolas…) luchando bajo la bandera de la Revolución Agraria. Y no solo los terratenientes. También los imperialistas extranjeros, la gran burguesía nacional y los altos funcionarios del Estado sienten un escalofrío cuando escuchan ¡Viva la Revolución Agraria! ¡Muerte al latifundio!

El problema de la tierra y el imperialismo

El problema de la tierra es el problema de su propiedad. En la actualidad, entre el 5% y 10% de la población agraria posee más del 90% de las parcelas. Esta cifras varían según el país concreto de América Latina del que estemos hablando, pero el quid de la cuestión es el mismo: una reducida minoría (terratenientes o latifundistas) posee una tierra que no trabaja, mientras la inmensa mayoría (campesinos y otras masas populares) trabaja una tierra que no posee. La concentración de cientos de miles de hectáreas en un pequeño puñado de familias latifundistas es el origen de la miseria de cientos de millones.

El problema de la tierra no es nuevo, viene de siglos anteriores. Los imperios coloniales de España y Portugal concentraron la tierra en los conquistadores, y se apoyaron en las estructuras de poder previas para instaurar su dominación. Cuando los viejos imperios cayeron, el imperialismo inglés dominó América Latina, y luego el yanqui. Bajo la bandera de la “libertad de comercio”, se cometieron crímenes, masacracres, genocidios y golpes de estado. Los grandes consorcios empresariales de Estados Unidos (monopolios yanquis) dominaron países enteros a golpe de talonario. Se sometió a los países económica y políticamente -y militarmente, en caso de ser necesario-.

Los países coloniales y feudales pasaron a ser semicoloniales y semifeudales. Semicoloniales porque aunque adquirieron la libertad formal en el siglo XIX, siguen siendo dependientes del amo imperialista. Semifeudales porque aunque el capitalismo entró en los países, este no barrió el feudalismo anterior. Todo lo contrario: el capitalismo impuesto por los imperialistas profundizó la opresión feudal en el campo. Las viejas formas feudales se transformaron, cambió su apariencia pero no su esencia. El siervo por la tradición feudal pasó a ser siervo por contrato mercantil, pero igualmente siervo.

¿Por qué el imperialismo profundizó la opresión feudal cuando entró en estos países? Porque los imperialistas buscan la máxima ganancia posible, y aprovechándose del feudalismo existente, obtienen beneficios extraordinarios (superganancias) que de otra forma no podrían.

Todos los opresores sacan tajada

Si los imperialistas pueden obtener estas superganancias, es por la colaboración inestimable de los terratenientes. Los terratenientes concentran la tierra y explotan la tierra para los negocios del imperialista extranjero, es decir, gestionan sus intereses económicos. El latifundio es una extensión del imperialismo en el campo. Terratenientes e imperialistas se reparten el pastel entre ellos. El campesino pobre sin tierra, en cambio, difícilmente tiene para comer.

Pongamos un ejemplo para ilustrar. En una gran extensión vivían cientos de familias campesinas, cada una con su pequeña parcela. Por cierta reforma agraria, dispuesta por el gobierno o dictadura militar de turno, se “liberaliza” la tierra y se vende. Las familias campesinas no pueden comprar el trozo de tierra que por generaciones les ha pertenecido, y bien la compra el imperialista (control directo), o bien la familia se endeuda a un fondo buitre imperialista para comprar su tierra (control indirecto). Conviene recordar que este proceso de compra y recompra de tierras ha sucedido durante décadas y generaciones, así que en realidad, los campesinos han pagado reiteradas veces por su tierra, acumulando deudas y convirtiéndose en más pobres por el camino.

Los imperialistas y los terratenientes, que son una misma figura en realidad, decretan el monocultivo. Antes, al menos los campesinos podían cultivar una variedad de cultivos en su propiedad para combinar la economía de compra-venta con la de autoconsumo. Ahora no tienen nada y son más pobres. Aunque el campesino quiera hacer su tierra más rica y productiva, al terrateniente no le interesa, porque saca más ganancia cuanto más pobre es la tierra, porque le pagará lo mínimo indespensable al campesino para que no se muera por el camino. La familia campesina, completamente arruinada y famélica, se ve obligada a enviar a uno o varios miembros de su núcleo familiar a la ciudad a buscar trabajo. Se produce un éxodo masivo del campo a la ciudad en la que campesinos, convertidos forzosamente en proletarios o semiproletarios, viven en las barriadas periféricas de las macrociudades como Río de Janeiro, Santiago de Chile o Lima. No hay trabajo para tantos campesinos porque no hay ninguna industria nacional, y la enorme masa de parados sirve a los imperialistas industriales para rebajar aún más lo salarios.

Con este resumido ejemplo queremos ilustrar la idea de cómo a todos los explotadores le interesa la concentración de la tierra. ¿Y qué ocurre si se rompen las reglas del juego? ¿Qué ocurre si los campesinos recuperan su tierra robada? Que se acaba la base económica de la superexplotación que ejercen los opresores. La dominación imperialista entraría en grave crisis.

Terrorismo latifundista contra la Revolución Agraria

La forma superior de lucha por la tierra es la Revolución Agraria, pues destruye el latifundio (sistema de relaciones de producción semifeudales en el campo). La Revolución Agraria no es el fin, sino el comienzo de una revolución mucho más grande, una revolución que parte de la alianza obrero-campesina, liberará a la yugo de la nación del imperialismo y construirá un nuevo país con nueva economía y nueva cultura. Esta es la Revolución de Nueva Democracia, la forma en que la revolución proletaria se manifiesta en primer término en los países semicoloniales y semifeudales. Los imperialistas y los terratenientes tratan de frenarla como sea, utilizando pistoleros, paramilitares fascistas y a los propios militares para ahogar la revolución en sangre campesina.

Brasil es un claro ejemplo de que la represión no frena la revolución, sino que la riega. El campesino brasileño ha tenido que dar su sangre en una larga lista de asesinatos masivos, torturas y masacres perpetrados por el Estado brasileño, sus gobiernos y el latifundio. Particularmente, los ataques de los últimos años han ido contra la Liga de Campesinos Pobres (LCP), pues es la organización campesino-revolucionaria que más está llevando adelante la Revolución Agraria.

El campesino dijo basta y cogió su arma para defenderse. Ya lo hizo en el pasado, y ahora coge su azada para no soltarla jamás. El 18 de septiembre de 2024, cerca de cien paramilitares del movimiento fascista “Invasión Cero” (al servicio del latifundio) entraron en Barro Branco, Jaqueira, en el estado de Penanbuco en Brasil. Los fascistas querían perpetrar una masacre como la que ocurrió en la hacienda Santa Elina (Corumbiara, Rondônia).

Los campesinos respondieron al fuego con fuego y enfrentaron a los mercenarios del latifundio. Huyeron con el rabo entre las piernas. La Batalla de Barro Branco es síntoma y reflejo de la situación de guerra en el campo brasileño. Es síntoma de que los más pobres entre los pobres han elegido el camino de la resistencia armada campesina contra la opresión semifeudal e imperialista. Y es también reflejo de la realidad, porque la Revolución Agraria ya está en marcha, y nada la detendrá.

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Este artículo ha sido publicado en la edición impresa de Servir al Pueblo en su número 18 (octubre 2025)