Compartimos esta traducción no oficial de este artículo, publicado originalmente en portugués en A Nova Democracia

La combinación entre ausencia de coalición internacional, cautela de los aliados, condena de potencias rivales y advertencias provenientes del propio establishment yanqui refuerza la percepción de que la agresión contra Irán, lejos de restaurar cualquier autoridad estratégica yanqui-sionista, solo profundizó el desgaste y el aislamiento político internacional de EE. UU., justamente porque Irán no se rebajó a la condición de vasallo de los chantajes yanquis y asumió la posición de resistencia nacional.
***
La guerra de agresión iniciada por Estados Unidos (EE. UU.) e Israel contra Irán el 28 de febrero profundizó el aislamiento político internacional de Washington y Tel Aviv, incluso entre potencias imperialistas intermedias (el “segundo mundo”) y aliados tradicionales que, en otras crisis, suelen o solían alinearse más rápidamente con la Casa Blanca. En lugar de una adhesión abierta a la escalada militar, lo que predominó en los días siguientes fueron llamados a la “contención”, a la “diplomacia” y al “respeto del derecho internacional”, además de críticas más duras provenientes de potencias como China y Rusia y de países semicoloniales como Brasil y Sudáfrica. El propio agravamiento de la guerra llevó al Consejo de Seguridad de la ONU a realizar una reunión de urgencia al día siguiente del ataque.
En el caso europeo, la demostración de preocupación fue explícita. Ya el 1 de marzo, los 27 países de la Unión Europea, en una declaración presentada por la representante Kaja Kallas, pidieron “máxima contención”, protección de los civiles y respeto integral del derecho internacional y de la Carta de la ONU. La propia agencia monopolista de noticias Reuters registró que la posición común reflejaba divergencias internas en el bloque y la percepción de que Europa tenía una influencia limitada sobre el rumbo de la guerra. Antes de eso, el mismo 28 de febrero, Francia, Alemania y Gran Bretaña divulgaron una nota conjunta condenando los ataques iraníes en represalia por la agresión sufrida, pero defendiendo la “reanudación de las negociaciones”, sin adherir a una ampliación abierta de la guerra conducida por EE. UU. e Israel.
La posición británica fue todavía más reveladora del malestar, con el pronunciamiento oficial del primer ministro Keir Starmer. Él se apresuró a subrayar que “el Reino Unido no participó en los ataques contra Irán”, insistiendo en que esa continuaba siendo la posición británica. Ya en Alemania, el tono se volvió más crítico con el paso de los días. El 10 de marzo, el canciller Friedrich Merz declaró no ver “ningún plan” para poner fin rápidamente a la guerra y advirtió que Berlín se opone a un conflicto prolongado o a la desestabilización de Irán al estilo de Irak o Libia, principalmente debido a los “efectos sobre seguridad, energía y migración”. Por lo tanto, incluso entre los aliados centrales de la OTAN, la guerra no produjo un frente político cohesionado en torno a Washington.
Otros aliados históricos de EE. UU. también evitaron comprometerse con la ofensiva. Canadá, por ejemplo, pasó a enfatizar la necesidad de “intensificar la diplomacia” y de “evitar una guerra más amplia”, según una conversación entre el primer ministro Mark Carney y el emir de Catar reportada por Reuters. Australia, aunque anunció el envío de una aeronave de vigilancia y misiles al Golfo, subrayó que su actuación sería “estrictamente defensiva” y que no participaría en operaciones militares en Irán ni enviaría tropas terrestres. En lugar de entusiasmo por la guerra, las posiciones evidenciaron preocupación por la escalada e intento de limitar el grado de involucramiento.
Las reacciones de China y Rusia fueron todavía más explícitas, aunque quedaron solo en la palabrería. En conversación con Serguéi Lavrov, el canciller chino Wang Yi calificó los ataques de EE. UU. e Israel como “inaceptables”, pidió cese del fuego inmediato y defendió la reanudación de las negociaciones, además de reafirmar la “necesidad de respeto a la soberanía” y de rechazar cualquier política de cambio de régimen. El monopolio de prensa Reuters registró, además, que la prensa estatal china trató la ofensiva como “violación del derecho internacional y de las normas básicas de las relaciones internacionales”. Del lado ruso, el presidente Vladímir Putin calificó los ataques de “injustificados” y advirtió que están “empujando al mundo hacia un peligro mayor”, reforzando la lectura de que la guerra amplía el riesgo de desestabilización regional y, en consecuencia, de un posible choque entre potencias.
En los países semicoloniales, el ataque tampoco encontró respaldo político. En Brasil, el Itamaraty condenó formalmente los bombardeos y destacó que ocurrieron “en medio de un proceso de negociación entre las partes”, que el gobierno brasileño calificó como “el único camino viable para la paz”. Sudáfrica, por su parte, se declaró dispuesta a “mediar el conflicto” y, en una nota oficial posterior, afirmó estar “profundamente preocupada por la escalada en el Golfo derivada del uso de la fuerza por EE. UU. e Israel”, aunque también condenó ataques iraníes contra países del Golfo. En Cuba, la cancillería fue todavía más lejos y condenó “en los términos más enérgicos” los ataques del 28 de febrero, calificándolos como “violación de la soberanía y de la integridad territorial iraníes” y como “afrenta a la Carta de la ONU y al derecho internacional”.
Ni siquiera el establishment yanqui ve una salida clara para la guerra
Si la guerra no produjo un frente diplomático cohesionado en torno a Washington, tampoco convenció integralmente al propio establishment del imperialismo yanqui. En un debate promovido por la Brookings Institution, el exfuncionario del Departamento de Estado Philip Gordon advirtió que “el derrocamiento de un régimen es la parte relativamente fácil de una guerra y que el problema real es el vacío político y militar creado después”. La observación es relevante porque proviene de un nombre vinculado directamente al aparato de la política exterior de Estados Unidos, y no de un crítico externo a la estrategia yanqui, aunque sobreestima, justamente por eso mismo, la capacidad yanqui de derribar a la República Islámica de Irán.
En la misma discusión, la exfuncionaria del Pentágono Mara Karlin exigió al gobierno de Trump explicaciones claras sobre los objetivos y los costos de la guerra, mientras que el exdiplomático Jeffrey Feltman calificó como “dereliction of duty” (“grave negligencia” o “incumplimiento del deber”) el hecho de que la Casa Blanca haya iniciado la ofensiva sin un plan adecuado siquiera para la retirada segura de ciudadanos estadounidenses de la región. Las dos intervenciones refuerzan que, incluso entre cuadros del establishment yanqui, la guerra pasó a ser vista como una operación marcada por la improvisación y por la ausencia de planificación política y logística.
En un segundo análisis publicado por la propia Brookings, Philip Gordon sostuvo que “cualquier intento de cambio de régimen en Irán corre el riesgo de repetir los desastres producidos por intervenciones anteriores de EE. UU. en Oriente Medio”. Por su parte, la directora del instituto, Vanda Felbab-Brown, observó que “Trump y su base política no demuestran disposición para sostener una guerra larga”, que es el “tipo de campaña necesaria para producir una derrota decisiva del régimen iraní”.
La combinación entre ausencia de coalición internacional, cautela de los aliados, condena de potencias rivales y advertencias provenientes del propio establishment yanqui refuerza la percepción de que la agresión contra Irán, lejos de restaurar cualquier autoridad estratégica yanqui-sionista, solo profundizó el desgaste y el aislamiento político internacional de EE. UU., justamente porque Irán no se rebajó a la condición de vasallo de los chantajes yanquis y asumió una posición de resistencia nacional.

