En defensa del boicot electoral – Parte 1: la trampa de votar para “frenar” al fascismo

Este documento es parte de una colección de varios artículos en defensa del boicot a las elecciones burguesas del próximo 29 de noviembre. Para leer la introducción a esta colección, haga click aquí.

La legitimidad de la socialdemocracia está por los suelos. No podía ser de otra forma, pues Podemos, Sumar, Izquierda Unida, Compromís, EH Bildu, ERC y el BNG, todos aquellos que dicen ser parte de la izquierda transformadora, que no han transformado absolutamente nada, se han limitado a gestionar el Estado burgués. Han defendido los intereses de los grandes capitalistas contra los trabajadores. Sus discursos dicen lo contrario, pero las palabras se las lleva el viento. Los hechos son hechos. Han aplicado las decisiones, medidas y reformas de la gran burguesía, de la oligarquía financiera española, de los grandes monopolios de la banca, la construcción, la infraestructura, la energía…

Sumar está en el gobierno y es corresponsable de todo lo que ha hecho Pedro Sánchez. La subida del coste de la vida, la crisis de la vivienda, la listas negras contra el sindicalismo combativo del metal, la permanencia de la Ley Mordaza y la Ley de Extranjería, la permanencia en la OTAN, el aumento del gasto militar, la permisividad (y colaboración) con los ataques a la educación y a la sanidad pública, la colaboración armamentística con Israel.. y un largo etcétera, porque si siguiéramos, no pararíamos. Podemos estuvo sosteniendo el gobierno durante años. Siendo que Pablo Iglesias fue Vicepresidente e Irene Montero Ministra, resulta cómico y lamentable a partes iguales escucharles hablar del gobierno como si fuese algo que no fuese con ellos. Izquierda Unida, incluyendo al falso PCE que está dentro de la coalición, tres cuartos de lo mismo. En cuanto al enorgullecimiento de EH Bildu, ERC, BNG, Compromís y Adelante Andalucía de que “hemos hecho lo que hemos podido” no es sino la confesión de que son parte del engranaje de opresión de la maquinaria estatal del imperialismo español. ¿En qué ha mejorado la vida de la clase trabajadora gracias a la acción de estos partidos regionales/nacionales? En absolutamente nada.

Y aunque muchas personas son conscientes de que la “izquierda transformadora” no transforma nada, van a votar porque tienen miedo del surgimiento del fascismo. Un miedo, todo sea dicho, promovido por los medios de comunicación burgueses (porque quieren una alta participación, para legitimar la democracia burguesa) y por los propios políticos socialdemócratas (porque saben que si no les votan, se les acaba el chiringuito de vivir del cuento).

Este es el razonamiento del mal menor: votar a quienes no son fascistas (mal menor) para evitar el fascismo (mal mayor). Porque “a pesar de que el gobierno actual y sus socios sean malos, son menos malos que los otros”. Este argumento está completamente equivocado. El proceso de militarización del Estado (el incremento de la represión, el desarrollo de ideas reaccionarias y el advenimiento del fascismo) no depende del gobierno de turno.

Sistema de estado: dictadura de clase

Hablemos de la relación entre el sistema de estado y sistema de gobierno. Lo primero: que el Estado ha existido siempre es una falsificación histórica, hecho sobradamente demostrado por la ciencia histórica, incluso por los historiadores y arqueólogos burgueses. De hecho, la humanidad ha vivido más tiempo sin Estado, que con él. El Estado nace en un momento específico de la historia de la humanidad, concretamente cuando se forman las primeras clases sociales. En la transformación de las sociedades cazadoras-recolectoras nómadas hacia las agrícolas sedentarias, ocurre un proceso de acumulación de excedente agrícola. Este excedente se tiene que almacenar, organizar y repartir de alguna forma, y esta es la base económica necesaria para que, en un proceso muy largo de muchas generaciones y cientos de años, nazca simultáneamente la propiedad privada, las clases sociales, el patriarcado y la monogamia, la autoridad religiosa y el Estado. Esto es descrito de forma magistral por Engels en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” (1884) y ha sido confirmado por la ciencia histórica. Repetimos: no se trata de una opinión, sino de un hecho objetivo confirmado incluso por los arqueólogos burgueses de las escuelas historiográficas más reaccionarias de la prehistoria.

El Estado es fruto del desarrollo histórico de la sociedad humana. El Estado es, ante todo, un instrumento político de control y opresión de la clase opresora contra las clases oprimidas. Así, el Estado esclavista -el primero que existió en la historia de la humanidad- era un instrumento de los esclavistas contra los esclavos. El Estado feudal, un instrumento de los señores feudales contra los siervos. Y finalmente, la función del Estado burgués es ser un instrumento de los capitalistas (los burgueses) contra los proletarios.

Sistema de gobierno: cómo se aplica la dictadura de clase

El gobierno es algo distinto. Si el sistema de Estado es una dictadura de la clase o las clases opresoras que ejercen el poder, el sistema de gobierno es la organización de este ejercicio del poder.

Por ejemplo, en el Egipto faraónico, en la Mesopotamia antigua o en la antigüedad clásica, había distintos sistemas de gobierno. La Atenas clásica era una república democrática donde los considerados ciudadanos tenían los mismos derechos y deberes. Su rival, Esparta, era una monarquía hereditaria con distintos niveles de parlamentarismo. Roma fue una república de caudillos militares y Cartago un república de comerciantes… por poner algunos ejemplos.

Estamos condensando miles de años de historia, por lo que el lector debe perdonarnos que pintemos “a brocha gorda”. Nuestra intención no es dar una clase de historia, sino evidenciar cómo en la época esclavista hubo muchos sistemas de gobierno. En cambio, todas estas variedades de gobierno tenían un mismo fin y una misma naturaleza: ejercer el poder de los esclavistas contra los esclavos.

En la época actual, en la era del imperialismo, el Estado burgués puede tener varios sistemas de gobierno: una democracia burguesa, una dictadura militar, una dictadura fascista… Son distintas formas en que la burguesía organiza su dictadura de clase, pero siempre es un Estado burgués. Hoy, vivimos bajo el yugo del Estado imperialista español (sistema de estado), con democracia burguesa (sistema de gobierno).

Ejército, Policía Nacional, autonómica, local y judicial, Guardia Civil, magistrados, fiscales y tribunales, comisarias, calabozos y cárceles… Todo forma parte de la maquinaria de represión que es el Estado. ¿Y su sistema de gobierno? ¿Y la democracia burguesa? Tiene su parlamentarismo (Constitución de 1978, monarquía parlamentaria, separación de poderes) su Gobierno Nacional con su cámara alta y baja, sus Gobiernos Autonómicos con sus cámaras autonómicas, las diputaciones provinciales, los ayuntamientos… Así se organiza el ejercicio del poder de la gran burguesía. Así se organizan para aplastar al proletariado.

¿Qué es lo que se vota?

El proletariado no elige el sistema de estado: no vota si quiere seguir viviendo bajo un Estado burgués. Tampoco vota el sistema de gobierno: no vota si quiere seguir viviendo bajo una democracia burguesa. Entonces… ¿qué vota el proletariado en las elecciones burguesas? Al próximo líder burgués de turno, que ocupará un sillón y que gestionará parte del Estado imperialista. Ya sea en unas elecciones generales, autonómicas o locales, lo que se vota es al próximo monigote de feria que ejercerá el poder de los capitalistas.

El imperialismo promueve el fascismo en todo el mundo para prevenir la revolución

Dimitrov definió al fascismo en el VII Congreso de la Internacional Comunista (1935) como la dictadura terrorista abierta de la burguesía contra el proletariado. Esta definición era correcta en su día y sigue siendo correcta hoy. ¿Qué significa que el fascismo es una dictadura terrorista abierta? Que existe lo contrario, es decir, la dictadura no abierta, oculta, la que se preocupa por las apariencias. Esta dictadura no abierta, que se disfraza de democracia, es la democracia burguesa. Así, llegamos a la conclusión de que tanto la dictadura fascista como la democracia burguesa son distintos sistemas de gobierno (formas de ejercicio del poder) del Estado burgués (dictadura de clase).

La burguesía promueve el fascismo cuando tiene miedo del movimiento obrero. Los imperialistas saben, mejor que nadie, que “las masas hacen la historia” y que no pueden hacer nada contra la revolución. Por eso, cuando hay una amenaza de revolución en el horizonte que ponga en riesgo su dictadura contra la clase trabajadora y el pueblo, los imperialistas promueven todo tipo de cambios en el país para instaurar el fascismo. El sistema de gobierno de democracia burguesa les valía para una situación no revolucionaria; cuando hay una situación revolucionaria, los imperialistas necesitan cambiar el sistema de gobierno de una democracia burguesa a una dictadura fascista.

Si la tendencia de los millones de oprimidos y explotados es a la rebelión y a la organización, tendencia a revolución a fin de cuentas, la tendencia del enemigo es a la reaccionarización y a la fascistización como forma de prevenir la revolución. Son dos caras de la misma moneda. Es parte de la contradicción entre revolución y contrarrevolución.

Es imprescindible saber qué está ocurriendo en el mundo para comprender por qué ningún gobierno “progresista” o “de izquierdas” frenará al fascismo. Y lo que está ocurriendo es, precisamente, que el imperialismo tiene muchísimo miedo. Hay una situación de crisis revolucionaria en todo el mundo, con un desarrollo desigual según cada país concreto, pero crisis mundial en definitiva.

Para un marxista es indiscutible que una revolución es imposible sin una situación revolucionaria, aunque no toda situación revolucionaria conduce a la revolución. ¿Cuáles son, en términos generales, los síntomas distintivos de una situación revolucionaria? Estamos seguros de no equivocarnos cuando señalamos los siguientes tres síntomas principales:

1) cuando es imposible para las clases gobernantes mantener su dominación sin ningún cambio; cuando hay una crisis, en una u otra forma, entre las “clases altas”, una crisis en la política de la clase dominante, que abre una hendidura por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no basta, por lo general, que “los de abajo no quieran” vivir como antes, sino que también es necesario que “los de arriba no puedan vivir” como hasta entonces;

2) cuando los sufrimientos y las necesidades de las clases oprimidas se han hecho más agudos que habitualmente;

3) cuando, como consecuencia de las causas mencionadas, hay una considerable intensificación de la actividad de las masas, las cuales en tiempos “pacíficos” se dejan expoliar sin quejas, pero que en tiempos agitados son compelidas, tanto por todas las circunstancias de la crisis como por las mismas “clases altas”, a la acción histórica independiente.

(La bancarrota de la II Internacional, Lenin, 1915)

Hoy vivimos en una situación de crisis revolucionaria mundial. Crisis confirmada por la propia prensa monopolista:

Una encuesta reciente de The Economist Intelligence, el sector de investigación de datos de The Economist, encontró que menos del 8% de la población mundial entera vive en lo que clasifica como democracia completa. Esta forma de gobierno sólo existe en 24 países. Por el contrario, el 39,9% vive bajo un régimen autoritario, vigente en 59 países. No hay duda sobre los criterios imperialistas para la clasificación de lo que es democrático y lo que no lo es. Sin embargo, lo que se extrae de la investigación es la expresión de un tiempo en el que no es posible ocultar el desarrollo de la crisis política en el tiempo en que vivimos – cuya base es la descomposición del sistema imperialista mundial.

Los datos siguen: El 37,6% de la población mundial vive bajo un régimen de democracia fallida, existente en 50 países (29,9% de los países existentes). Otro 15,2% de la población, de 34 países (20,4%), vive bajo el llamado régimen híbrido. Los resultados actuales registrados en la encuesta son el resultado de un aumento de la crisis democrática: en la última edición, el 39,6% de la población mundial vivía en un régimen autoritario, un 0,3% por debajo del número actual.

Los síntomas de la crisis política no se pueden tomar de forma aislada. La política es la expresión concentrada de la economía. Y la crisis de la democracia burguesa registrada por The Economist es uno de los resultados directos de la crisis de sobreproducción relativa del imperialismo. Las últimas expresiones de una crisis económica de este tipo son la crisis inmobiliaria en China, que afecta principalmente a gigantes como Evergrande, y la quiebra bancaria en Estados Unidos, que ha dinamitado nombres como Silicon Valley Bank, Silvergate y Signature Bank.

(…)

Son rastros de un organismo enfermo con una condición terminal. Es un hecho dado que el mundo vive en un Nuevo Período de las Revoluciones. La lucha popular abierta, como Palestina o países de América Latina, el sudeste asiático o incluso Europa, son una prueba de ello, seguidas al lado de la creciente explosividad de las masas expresadas en las manifestaciones y levantamientos populares que nunca dejan de estremecerse, desde los EE.UU., a Europa y a China, el mundo entero. Lo más destacado del momento actual se encuentra precisamente en la trascendental e histórica Operación Inundación de Al-Aqsa, la ofensiva táctica de la Resistencia Nacional Palestina, lo que demuestra claramente que es posible que las fuerzas populares derroten al sistema imperialista mundial. El imperialismo ya ha encendido la advertencia ante las posibilidades de victorias de las organizaciones populares. El fascismo y la tendencia a la reaccionarización- abierto por la boca de un órgano del monopolio de la comunicación imperialista – no pueden impedir esta tendencia principal.

(El fascismo abierto es la respuesta del imperialismo a un Nuevo Periodo de Revoluciones, A Nova Democracia, 2024)

El imperialismo tiene miedo. Teme que la crisis revolucionaria mundial se transforme en un nuevo periodo de revoluciones proletarias (revoluciones socialistas y de nueva democracia). Por un lado, tenemos la crisis del imperialismo:

El imperialismo está en una profunda crisis económica, política y militar. Crisis económica porque la tasa de ganancia de los capitalistas tiene una tendencia decreciente, las crisis cíclicas son cada vez más grandes, cada menos tiempo y son más violentas. Los imperialistas se ven obligados a sacar hasta la última gota de sangre, a exprimir a miles y miles de millones de personas sobre la faz de la tierra.

Crisis política porque, dentro los países imperialistas, es cada vez más difícil gobernar. No hay gobierno tranquilo en ningún país imperialista, absolutamente en ninguno. A pesar de las particularidades que le son propias, todos los países imperialistas tienen crisis del parlamentarismo, gobiernos débiles, parlamentos fragmentados, etc. Y porque fuera, en las naciones oprimidas, el capitalismo burocrático -tipo de capitalismo que se desenvuelve en las naciones oprimidas- tiene una crisis máxima, donde las dificultades de gobierno que sufren las metrópolis se multiplican en las colonias y semicolonias.

Crisis militar porque los imperialistas necesitan invertir más dinero para reforzar sus ejércitos y desarrollar sus guerras de agresión, y aún así, no logran sus objetivos militares. Basta una mirada en la Franja de Gaza. ¿Cuántos miles de millones han invertido los imperialistas yanquis y los sionistas en destruir a la resistencia nacional del pueblo palestino? ¿Cuantos miles de millones y siguen sin cumplir sus objetivos militares, sufriendo importantes derrotas militares y morales por el camino?

Además de la situación de crisis, nos encontramos en el mayor momento de parasitismo en la historia de la humanidad. Nunca antes en la historia, la descomposición del imperialismo fue tan grande.

(Más allá del auge reaccionario: imperialismo y militarización del Estado, Servir al Pueblo, 2025)

Y por otro lado, la rebelión de los oprimidos y explotados:

La crisis y descomposición del imperialismo tiene otra cara, y es la rebelión de las masas. Si hay mayor explotación, también hay mayor rebelión. Las luchas de las masas, en todo el mundo, son más violentas, más masivas y más explosivas. Las luchas de masas se vuelven más peligrosas para los Estados imperialistas y para los Estados terratenientes-burgueses de las naciones oprimidas al servicio de los imperialistas.

Poderosas luchas de masas han puesto, y siguen poniendo, en jaque al imperialismo en los últimos años. Actualmente se desarrollan cuatro guerras populares en el mundo (India, Turquía, Filipinas y Perú) bajo dirección de Partidos Comunistas, junto con poderosas luchas armadas y grandes movimientos de liberación nacional. También se han llevado a cabo poderosísimos movimientos de masas en todo el mundo, también en los países imperialistas, pero no han triunfado por falta de dirección revolucionaria.

(Más allá del auge reaccionario: imperialismo y militarización del Estado, Servir al Pueblo, 2025)

En resumen, el imperialismo desarrolla la militarización de los Estados para prevenir la revolución. Y la promoción del fascismo forma parte de su plan estratégico de militarizar el Estado.

La militarización del Estado es la respuesta de los imperialistas a su crisis, es el proceso de profundizar la represión con el objetivo estratégico de conjurar la revolución. La militarización del Estado no es solo un proceso militar donde el Estado incrementa la potencia de sus fuerzas represivas (policías, ejército, tribunales, cárceles), sino que el proceso de militarización también incluye la progresiva negación de los derechos demoliberales (libertad de expresión, de creencia, de reunión, de movimiento, etc.) y la tendencia a la reaccionarización y fascistización de la sociedad, con la propagandización y normalización de ideas reaccionarias en la vida pública

(Más allá del auge reaccionario: imperialismo y militarización del Estado, Servir al Pueblo, 2025)

Ningún gobierno “de izquierdas” frenará el fascismo

El plan estratégico de los imperialistas españoles (es decir, de la gran burguesía, de los monopolios) es militarizar el Estado. Una de las cosas que eso supone, entre otras, es la progresiva promoción del fascismo. Por eso decimos que no tiene sentido votar para frenar al fascismo o a la ultraderecha. Gobierne quien gobierne después del 29N, será un gobierno que favorecerá el ascenso del fascismo y la ultraderecha (activa o pasivamente). Lo hará abierta y descaradamente, o de forma más velada, pero igualmente lo hará. El gobierno resultante del 29N será un gobierno a las ordenes de la gran burguesía, y si esta dicta militarización y fascismo, el gobierno tomará medidas que vayan en esa dirección.

Los electoreros convencidos de que votar es un “deber cívico” rasgarán sus vestiduras y clamarán a los cuatro vientos: “¿Cómo qué un gobierno de la izquierda transformadora promoverá el fascismo? ¿Acaso Podemos gobernaría igual que Vox? ¡Estáis locos!”. Los locos son ellos, que convencidos por la propaganda de los medios de comunicación burgueses, no ven la realidad.

Después de 8 años de gobierno “progresista”, ¿tenemos más empresas de desokupación o no? ¿Hay más normalización de las ideas reaccionarias o no? ¿Hay más normalización del racismo o no? ¿Hay más presencia de organizaciones fascistas en los medios de comunicación o no? ¿Acaso “el gobierno más progresista de la historia” no ha contribuido con sus acciones, directa o indirectamente, a un aumento de la reaccionarización y fascistización de la sociedad? El ascenso del fascismo no ha sido a pesar del gobierno, sino promovido por el gobierno. Hechos son hechos y eso nadie lo puede borrar.

Lo repetimos: cualquier gobierno que venga después del 29N, aplicará lo que la gran burguesía quiera aplicar. Lo único que cambiará será si lo hace de forma más abierta o más velada. Cambiará el discurso, pero si la gran burguesía quiere militarización y fascismo, el gobierno aplicará militarización y fascismo. Parece mentira que el argumento sea “¡uuuh que vienen los malos!”, cuando los malos ya están aquí.

La “política cuqui” de Yolanda Díaz ha sido la responsable de sacar tanquetas militares en la huelga del metal de Cádiz; de seguir en la OTAN; de desahuciar decenas de miles de personas; de una total permisividad en las movilizaciones y actos de Núcleo Nacional; de la política de extranjería absolutamente terrorista contra los parias de la tierra, y un largo etcétera. Insistimos: hoy tenemos más fascismo que hace 8 años. ¿Para esto sirve votar para frenar el fascismo? ¿Para que supuestos líderes burgueses “antifascistas” promuevan la militarización del Estado, la reaccionarización y la fascistización de absolutamente todas las democracia burguesa?

En todas las elecciones que ha habido desde hace 8 años se ha llamado al voto útil antifascista para evitar el ascenso de PP y Vox. Para el 29N hacen lo mismo. Ya no nos pueden engañar.

“¡Vota! ¡Hazlo por los migrantes y las personas LGTB!”

Estos mismos argumentos son replicables al voto “en defensa del oprimido” que utilizan a sectores específicos de la clase trabajadora como arma arrojadiza para fomentar la participación electoral. Esta posición posmoderna entiende que votar es un “deber moral” porque no votar es un “privilegio” de las personas con nacionalidad española, cis, heterosexuales, blancos (etcétera). No votar sería “hacer uso de su privilegio” porque hay otras personas que no pueden decidir votar o no votar. Tienen que votar porque la vida les va en ello, tienen que hacer cualquier cosa para evitar que el fascismo llegue al poder (migrantes, personas LGTB, etcétera), y sí, es cierto que les va la vida en ello, pero es una falacia que al fascismo se lo pare votando.

Esta posición es aplastada por el extenso argumento que hemos dado anteriormente. No obstante, queremos dar tres breves apuntes:

1) Los ataques al proletariado migrante o a las personas LGTB, igual que ocurre con el fascismo, no se frena votando. Si la gran burguesía quiere represión para sectores concretos de las masas, el gobierno de turno lo aplicará. De hecho, para el proletariado migrante más pobre, da igual que gobierne Vox o PSOE porque su política migratoria es exactamente la misma. Durante estos 8 años el gobierno “progresista” ha perpetrado espantosas masacres (Melilla el 24 de junio de 2022; Ceuta el 31 de julio de este año) y han muerto miles de masas africanas en las rutas del Mediterráneo y el Atlántico. Durante estos 8 años, el gobierno “progresista” ha mantenido los CIE’s, centros de tortura y violación a las personas migrantes. PSOE y Sumar tienen un discurso amable, incluso aliado de los migrantes, pero la realidad de su política es todo lo contrario.

2) Votar no es un privilegio. En términos legales burgueses, votar es un derecho adquirido por una persona. Pero en términos marxistas, no es en absoluto un privilegio. Las elecciones burguesas son el medio mediante el cual la democracia burguesa renueva su legitimidad. Cuando el posmodernismo habla de privilegio, está introduciendo la ideología del imperialismo dentro del movimiento obrero. Conviene decir, además, que es tremendamente miserable cuando alguien dice que “no votar” es un privilegio cuando, precisamente, quienes no votan son los más oprimidos de todos. La cifra de abstención siempre es más alta en los barrios proletarios, en los pueblos jornaleros, en las zonas más pobres. Las cifras de abstención son más bajas, en cambio, entre los universitarios y en los barrios acomodados.

3) Si de verdad votar es la forma de frenar al fascismo, y solo está en mano de “los privilegiados”, se niega que los más pobres y oprimidos sean sujeto político. Su emancipación no dependería de ellos mismos, sino de “los más privilegiados”. Esta posición posmoderna, que denuncia el “complejo del salvador blanco”, paradójicamente, defiende posiciones que lo alimentan, y que legitiman a un sistema electoral que los excluye.

Movilizar, politizar y organizar al proletariado es lo único que puede frenar al fascismo

Gobierne quién gobierne el 29N, la gran burguesía promocionará el fascismo. Votar no sirve para nada.

¿Eso significa que el surgimiento del fascismo es inevitable? No, todo lo contrario. Al fascismo se le puede enfrentar y se le puede vencer. El imperialismo es un tigre de papel frente a la fuerza organizada del pueblo, porque cuando la clase trabajadora comprende la necesidad política de algo, no hay quien pueda pararla. El fascismo, como herramienta de los imperialistas, también es un tigre de papel. El fascismo está destinado a desaparecer de la faz de la tierra, igual que todas las ideas reaccionarias que promueve el imperialismo.

La única forma de combatir al fascismo es movilizar, politizar y organizar a la clase trabajadora y a todas las capas del pueblo. No hay otra manera. El fascismo se combate 100% movilizando a la clase trabajadora. No se le combate 99% movilizando a la clase y 1% votando. No. Eso es una falacia de los oportunistas para llevar al pueblo por el camino parlamentario y alejarlo del camino de la lucha. Más de uno se rasgará las vestiduras, pero lo hemos demostrado y lo decimos claramente: el voto para frenar al fascismo lo que hace, paradójicamente, es generar mejores condiciones para el desarrollo del fascismo.

Más adelante, en la parte 3 de esta colección de artículos en defensa del boicot electoral, hablaremos a fondo de la posición “vota y lucha” o “mientras luches, votar o no votar da igual”.

Como conclusión, decimos: la única forma de combatir el fascismo es movilizar, politizar y organizar al proletariado. Concienciar a los trabajadores de que el fascismo y el auge reaccionario es consecuencia directa del proceso de militarización del Estado español. El fascismo y el auge reaccionario es la respuesta de los imperialistas a la situación revolucionaria que se está desarrollando. La lucha antifascista requiere, por tanto, tener una actitud de rechazo frontal al Estado imperialista español, a su democracia burguesa y a todas las elecciones que lo legitiman. No hay lucha antifascista genuina si no va de la mano del boicot electoral.