Publicamos una traducción no oficial de «A disputa pelo Ártico: Por que Trump quer a Groenlândia?«, que fue publicado en portugués en el periódico brasileño A Nova Democracia.
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Las amenazas de Donald Trump a la soberanía de Groenlandia no son bravuconadas aisladas, sino la expresión de una disputa estratégica más amplia por el control del Ártico. En juego están bases militares, rutas marítimas emergentes y recursos naturales decisivos, como expresión del agudizamiento de la pugna entre las superpotencias y de la decadencia de la hegemonía yanqui.
De 1860 a la Primera Guerra Mundial
El interés inicial de los Estados Unidos de América (EUA) por el territorio de Groenlandia se remonta al tercer cuarto del siglo XIX, todavía en el contexto del avance de la gran competencia capitalista, de la formación de los primeros cárteles y de la intensificación de la disputa por los últimos espacios territoriales disponibles en el globo. Se trata, por tanto, de un movimiento inscrito en el mismo proceso histórico que antecedió a las grandes pugnas armadas por el reparto del mundo en el siglo XX. En el caso específico de los EUA, ese interés se articula con una política colonialista propia, que se expresó de forma concreta en acontecimientos como la Guerra Mexicano-Estadounidense (1846–1848) y la adquisición de Alaska (1867) y, posteriormente, con la anexión del Reino de Hawái (1893), la Guerra Hispano-Estadounidense (1898) y la Guerra Filipino-Estadounidense (1899–1902), cuando ya se entraba en la etapa del capital monopolista.

Territorios mexicanos perdidos en la guerra de 1846-1848.
En aquel período, bajo la presidencia de Andrew Johnson, William Seward, secretario de Estado responsable de la adquisición de Alaska, también evaluó la posibilidad, ese mismo año, de incorporar Groenlandia e Islandia al territorio de los EUA. Groenlandia era percibida como un punto clave para el control de la navegación en el Atlántico Norte, para la instalación de líneas telegráficas interoceánicas independientes y para el abastecimiento naval, especialmente en función de sus reservas de carbón y de la criolita, mineral fundamental para la producción de aluminio. Además, la eventual posesión de la isla permitiría a los EUA ampliar su influencia sobre Canadá —entonces bajo dominio inglés—, cercándolo por los flancos norte y oeste y reforzando presiones a favor de su deseada anexión.
A lo largo de los inicios del siglo XX, el interés de los EUA por Groenlandia permaneció latente, aunque no plenamente concretado. Antes de la Primera Guerra Mundial, Washington llegó a proponer a Dinamarca un acuerdo de intercambio territorial entre la isla de Mindanao (Filipinas), bajo su control, y las Indias Occidentales Danesas (actuales Islas Vírgenes) y Groenlandia, propuesta que fue rechazada. Con el estallido de la guerra, en 1917, los Estados Unidos adquirieron las Indias Occidentales Danesas por 25 millones de dólares en oro, con el objetivo de impedir la presencia de potencias rivales en el Caribe y garantizar la seguridad de las rutas marítimas del Atlántico, logrando parcialmente su objetivo.
La creciente importancia militar de Groenlandia durante y después de la Segunda Guerra Mundial
La centralidad militar de Groenlandia, sin embargo, se intensificó con la Segunda Guerra Mundial. Los EUA pasaron a asumir directamente la defensa de la isla, recurriendo a la Doctrina Monroe, tras la ocupación de Dinamarca por la Alemania nazi en 1940. Los yanquis temían que el territorio fuese utilizado como base avanzada alemana para operaciones navales y para el control de las rutas del Atlántico Norte. El Acuerdo de Defensa de Groenlandia del 9 de abril de 1941, firmado entre Washington y el representante del gobierno danés en el exilio, Henrik Kauffmann, permitió la instalación de una red de bases aéreas, pistas de aterrizaje y estaciones meteorológicas, fundamentales para la guerra antisubmarina en el Atlántico Norte y para la protección de las rutas de abastecimiento aliadas.
En 1946, se produjo un nuevo intento del gobierno de Truman de adquirir la isla por 100 millones de dólares estadounidenses en oro. Aunque fue rechazado y considerado una potencial provocación a la Unión Soviética, la propuesta evidenció la percepción de Washington de que el control de Groenlandia era vital para la seguridad de los intereses yanquis.
En el contexto de la llamada «Guerra Fría», esto es, de la pugna entre la superpotencia imperialista yanqui y la superpotencia socialimperialista soviética, Groenlandia fue incorporada a la arquitectura de defensa estratégica de los EUA. La adhesión de Dinamarca a la OTAN, en 1949, abrió el camino para la presencia militar permanente de los EUA, formalizada con el Acuerdo de Defensa EUA–Dinamarca del 27 de abril de 1951, que autorizó la construcción de la Base Aérea de Thule. Operativa a partir de 1953, Thule se convirtió en el principal punto avanzado de la defensa norteamericana en el Ártico, integrándose inicialmente al Strategic Air Command (SAC) y, posteriormente, a los sistemas de alerta temprana.

Entre 1957 y 1961, la base fue incorporada a la Distant Early Warning Line (DEW Line), red de radares proyectada para detectar bombarderos soviéticos cruzando el Polo Norte. Con la consolidación de la amenaza de los misiles balísticos intercontinentales, Thule pasó a albergar, en 1960, uno de los complejos del Ballistic Missile Early Warning System (BMEWS), responsable de detectar y rastrear posibles lanzamientos de esos misiles contra América del Norte.
La importancia militar de Groenlandia en el escenario actual: pugna entre EUA y Rusia
La importancia militar de Groenlandia para los Estados Unidos, en el siglo XXI, se inscribe en el contexto más amplio de la creciente militarización del Ártico y de la reorganización del poder militar internacional en el interior de la contienda entre las superpotencias imperialistas, particularmente entre EUA y Rusia, sin excluir la presencia creciente de China. Lejos de constituir un espacio periférico, el Ártico se convirtió en un teatro estratégico central, directamente articulado a la proyección de poder yanqui en el hemisferio norte. En este cuadro, Groenlandia ocupa una posición singular: ubicada en el eje más corto entre América del Norte y Eurasia y en el centro del llamado GIUK Gap (corredor Groenlandia–Islandia–Reino Unido), la isla desempeña un papel decisivo en la vigilancia de las rutas transpolares, en el control del Atlántico Norte y en la detección anticipada de amenazas aéreas, navales y balísticas provenientes del espacio euroasiático.
Esa centralidad geoestratégica se articula al proceso de integración militar de América del Norte, profundizado sobre todo a partir de los años 2000. La estrategia yanqui para el Ártico pasó a vincularse directamente al Security and Prosperity Partnership Agreement (SPP) y a la propuesta de una North American Union (NAU), que preveían la constitución de un mando de defensa multinacional capaz de operar en un arco territorial continuo, extendiéndose del Caribe al Ártico canadiense. La creación del United States Northern Command (USNORTHCOM), en abril de 2002, operacionalizó esa lógica y proporcionó la base institucional para el despliegue de fuerzas militares de los EUA en territorio canadiense y groenlandés bajo el argumento de la «defensa continental».
En ese arreglo, Canadá y Dinamarca —por intermedio de Groenlandia— asumen un papel estratégico fundamental. Canadá alberga instalaciones militares avanzadas en el Ártico, como la Canadian Forces Station Alert, situada en la isla Ellesmere (82°28’N), a apenas 840 km del Polo Norte, que funciona como puesto permanente de inteligencia y vigilancia. La renovación del acuerdo del North American Aerospace Defense Command (NORAD), ratificada en 2006, amplió significativamente el acceso de los EUA a las aguas territoriales y a la plataforma continental canadiense, incluida la región ártica. De forma convergente, Groenlandia ofrece a los EUA una plataforma militar avanzada fuera de su territorio continental directo, compensando su limitación geográfica en el Ártico en comparación con la extensa y continua frontera rusa en la región.

Esa asimetría territorial es central para comprender la disputa en el Ártico. Rusia posee la mayor extensión de tierras y litoral en la región y reivindica soberanía sobre alrededor de 1,19 millones de km² de plataforma continental ártica, con base en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS). La reactivación de bases de la era soviética, la modernización de su infraestructura militar en el Ártico y la expansión de la mayor flota de rompehielos nucleares del mundo acompañan esas reivindicaciones, componiendo una estrategia que combina instrumentos jurídicos, económicos y militares para asegurar el control de rutas marítimas, recursos energéticos y minerales, consolidando el Ártico como espacio vital para la seguridad y la economía rusas.
Mientras Rusia y Canadá ratificaron la UNCLOS y recurren a sus mecanismos para ampliar zonas económicas exclusivas, los Estados Unidos mantienen una postura unilateral, negándose a ratificar la convención y priorizando la militarización intensiva como principal instrumento de proyección de poder y de contestación territorial indirecta. En ese contexto, Groenlandia asume una función estratégica decisiva, operando como plataforma avanzada de vigilancia, disuasión y control militar en un Ártico cada vez más central para el equilibrio estratégico global.
Actualmente, esa función se materializa mayoritariamente en la antigua Base Aérea de Thule —renombrada Pituffik Space Base en 2023—, incorporada a la U.S. Space Force. La instalación desempeña un papel central en la vigilancia espacial, en la alerta antimisiles y en el monitoreo de satélites, encontrándose directamente integrada a las estructuras del NORAD y del USNORTHCOM, lo que confirma la inserción plena de Groenlandia en la arquitectura militar contemporánea de los Estados Unidos.
Los recursos naturales de Groenlandia, el avance del deshielo en el Ártico y China
Groenlandia ocupa una posición singular en el Ártico no solo por su ubicación estratégica, sino también por su expresivo potencial en recursos naturales. La isla integra una región que, según estimaciones, puede concentrar hasta el 25 % de las reservas mundiales no descubiertas de petróleo y gas natural. Evaluaciones del U.S. Geological Survey indican que el Ártico reúne condiciones para convertirse en una nueva provincia petrolífera de escala global, frecuentemente comparada con el Mar del Norte, lo que confiere a Groenlandia relevancia central en las disputas energéticas contemporáneas.
Más allá de los hidrocarburos, el subsuelo groenlandés alberga importantes reservas de minerales estratégicos, cuya centralidad crece en el contexto de la transición tecnológica, de la reconfiguración de las cadenas productivas globales y de la intensificación de la militarización. Se destacan el uranio, las tierras raras —conjunto de 17 elementos químicos esenciales para la industria de alta tecnología—, además de zinc, plomo, hierro y otros minerales críticos. Estos insumos son fundamentales para diversos fines civiles y militares, como la generación de energía nuclear, la producción de generadores para turbinas eólicas y de baterías para vehículos eléctricos, además de usos en la construcción civil y en las industrias automotriz y de electrodomésticos. Al mismo tiempo, son esenciales para la producción de semiconductores, para sistemas de guiado de misiles, radares, instrumentos de comunicación, satélites, para la propulsión de submarinos y buques nucleares y para el desarrollo de armamento de precisión, evidenciando la estrecha interdependencia entre explotación minera, innovación tecnológica y militarización.

El avance del deshielo en el Ártico actúa como un factor importante para ampliar la viabilidad económica de la explotación de esos recursos. La retracción de la cobertura de hielo reduce costos logísticos, facilita el acceso a áreas anteriormente inaccesibles y viabiliza proyectos extractivos a gran escala. Simultáneamente, la apertura gradual de nuevas rutas marítimas acorta distancias entre América del Norte, Europa y Asia. En ese sentido, la isla pasa a ser concebida como una nueva frontera de acumulación.
La relevancia de esas reservas debe comprenderse a la luz de la elevada concentración de la cadena global de tierras raras en China, responsable de una parte significativa de la extracción, del refinado y del procesamiento de esos minerales. Tal concentración genera vulnerabilidades estratégicas para los Estados Unidos, que ven en Groenlandia una alternativa económica capaz de garantizar el acceso a insumos considerados esenciales para fines militares y para la etapa actual de la disputa económica, que tiene en China a su principal competidora.
Paralelamente, China ha intensificado su presencia en la región, incorporándola a su estrategia de largo plazo. Por medio de la llamada «Ruta de la Seda Polar», Pekín pasó a invertir en investigación científica, infraestructura logística y proyectos mineros, además de demostrar interés directo en la explotación de recursos naturales de Groenlandia. Aunque la presencia china es predominantemente económica y científica, Washington la considera un vector potencial de influencia estratégica, sobre todo si se considera la capacidad china de integrar inversiones a objetivos políticos más amplios.

En ese contexto, también la explotación de los recursos naturales de Groenlandia y de nuevas vías de transporte se revela indisociable del proceso de militarización del Ártico. La presencia militar funciona, por un lado, como condición política y material para la apropiación futura de petróleo, gas y minerales estratégicos, así como para el control de rutas marítimas fundamentales; por otro, inserta a la isla —formalmente bajo soberanía danesa, pero profundamente integrada al aparato estratégico de los Estados Unidos y subordinada a él vía OTAN— en una lógica de disputa interimperialista que excede, también en este punto, la economía.
Ante este escenario, los Estados Unidos se ven obligados a intensificar la presencia militar en la Pituffik Space Base, la vigilancia sobre inversiones extranjeras en la isla y la presión diplomática sobre Dinamarca y el gobierno autónomo groenlandés, revelando una política activa de contención tanto de Rusia como de China, agudizada bajo el gobierno del celerado Trump.
Trump y el agudizamiento de la amenaza a la soberanía de Groenlandia en el contexto de la actual disputa interimperialista
Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre la anexión de Canadá y, sobre todo, de Groenlandia no pueden reducirse a bravuconadas personales, juegos retóricos o simples sandeces de su mente reconocidamente depravada. Desde el inicio de su transición y, posteriormente, al asumir la presidencia el 20 de enero de 2025, Trump pasó a articular de manera reiterada y explícita la disposición de los EUA a incorporar esos territorios, incluso por medio de la fuerza, proyecto ya enunciado en su primer gobierno.
En una entrevista concedida en su residencia en Mar-a-Lago, el presidente yanqui afirmó no descartar el uso de medios militares para asumir el control del Canal de Panamá y de Groenlandia, justificando tales medidas como indispensables para la seguridad económica y para la seguridad nacional de los Estados Unidos. Interrogado sobre la posibilidad de garantizar que no recurriría a las fuerzas armadas, respondió: «No puedo asegurar eso para ninguno de ellos. Puedo decir lo siguiente: los necesitamos por motivos de seguridad económica… Puede ser que tengamos que hacer algo», dejando abierta, de manera inequívoca, la posibilidad de coerción militar.
En marzo de 2025, esa posición se expresó de forma aún más directa. Al abordar públicamente Groenlandia junto al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, Trump declaró que la adquisición del territorio «ocurrirá» e indicó que la alianza militar podría estar involucrada en el proceso. Aunque Rutte afirmó no desear la implicación formal de la OTAN, sus declaraciones revelaron convergencia con el proyecto yanqui. Según él: «Los chinos utilizan esas rutas. Sabemos que los rusos se están rearmando. Sabemos que no tenemos suficientes rompehielos». A continuación, añadió, con aún mayor servilismo: «Por lo tanto, el hecho de que los siete países árticos, con excepción de Rusia, colaboren bajo el liderazgo de los Estados Unidos es fundamental para garantizar la seguridad de esa región y de esa parte del mundo». La retórica de la «seguridad» y la «cooperación» es, así, parte de un proceso concreto de subordinación estratégica de los países de la región en función de la disputa por rutas, recursos naturales y posiciones militares decisivas en el Ártico.

Estas declaraciones se insertan en el contexto del profundizamiento de la militarización de los Estados Unidos y de la subordinación militar estricta de América del Norte, un proceso que se intensificó de forma sistemática desde el período posterior al 11 de septiembre. La creación y expansión de los Comandos de Combate del Pentágono, en especial el USNORTHCOM, instituido en 2002, dotaron a los EUA de la capacidad institucional de operar e intervenir directamente en territorios canadiense, mexicano y caribeño bajo el pretexto de la «defensa conjunta» de América del Norte.
La declaración conjunta de 2021 del USNORTHCOM y del NORAD es explícita al identificar como objetivo central el enfrentamiento de «competidores del mismo nivel, como Rusia y China», acusados de «minar el orden internacional basado en reglas y desafiarnos [a los EUA] en todos los dominios». El mismo documento observa que Rusia sigue modernizando las tres patas de su tríada nuclear y que China busca ampliar su influencia económica y militar global, incluso en regiones próximas al espacio norteamericano. Esa formulación sirve de base ideológica para la integración forzada y la subordinación militar del continente a los intereses estratégicos de Washington.
La disputa por el Ártico, igualmente, no puede disociarse de otros frentes en los que los Estados Unidos buscan reafirmar su posición dominante. La intervención reciente en Venezuela constituye un ejemplo particularmente evidente de esa política. En enero de 2026, fuerzas militares norteamericanas lanzaron criminales ataques aéreos y una operación especial en Caracas, denominada Operation Absolute Resolve, que resultó en el secuestro del legítimo presidente venezolano, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores. Ambos fueron transportados a territorio norteamericano para enfrentar acusaciones federales de narcoterrorismo. El propio Trump divulgó imágenes de Maduro bajo custodia a bordo del USS Iwo Jima y declaró que los EUA controlarían Venezuela hasta una transición «segura y adecuada» del poder, configurando una violación abierta de la soberanía nacional y del derecho internacional.
Ese episodio no constituye un desvío aislado, sino que expresa la creciente dependencia del recurso a la fuerza militar directa para garantizar acceso a recursos estratégicos y neutralizar gobiernos que escapan a la órbita política y económica de Washington o que se alinean con potencias competidoras. La coerción armada surge, así, como instrumento central para preservar áreas de influencia y asegurar ventajas económicas y políticas. Las demás superpotencias actúan según la misma lógica objetiva de disputa: Rusia amplía su presencia militar y proyecta fuerza en el Ártico y en Europa Oriental; China expande su influencia económica global y prepara la reunificación con Taiwán, movimiento estratégico ligado al control de sectores centrales de la producción mundial, como el de semiconductores.
De este modo, las amenazas a la soberanía de países vecinos —ya sea por medio de la retórica de anexión de Groenlandia y Canadá, ya sea por medio de la intervención militar directa en Venezuela— deben comprenderse como parte de una estrategia imperialista más amplia. Se trata de un proceso de expansión de la presencia militar, de integración forzada de mercados, de control de territorios estratégicos y de violación activa de las soberanías nacionales, orientado por la intensificación de la disputa entre superpotencias.
En su conjunto, los hechos expresan con nitidez la lógica objetiva del imperialismo como etapa histórica del capitalismo marcada por la dominación de los monopolios, por la centralidad del capital financiero y por la subordinación directa del poder político y militar a sus intereses. La presión por la anexión de territorios estratégicos, el control de rutas comerciales y energéticas, la militarización acelerada de regiones enteras y el recurso abierto a la violencia estatal revelan la imposibilidad de una expansión «pacífica» en un mundo ya íntegramente repartido. En estas condiciones, la competencia entre las superpotencias asume necesariamente la forma de disputa por el reparto del mundo entre unas pocas aves de rapiña, lo que transforma, inevitablemente, la política exterior en continuación directa de la economía por medios militares. La retórica de la seguridad, de la defensa colectiva o del orden internacional, con independencia de elecciones coyunturales o de estilos de gobierno, en el ámbito de las superpotencias imperialistas, funciona apenas como encubrimiento ideológico de una práctica sistemática de coerción, en la cual Estados más débiles son reducidos a objetos de regateo, intervención u ocupación, es decir, objetivos del parasitismo del capital financiero. Así, el avance sobre el Ártico, la subordinación continental y las intervenciones directas en países periféricos no son desvíos excepcionales, sino manifestaciones concretas de un sistema internacional dominado por el capital monopolista, cuyo desarrollo inevitablemente profundiza la inestabilidad, generaliza la militarización y prepara el terreno para guerras de reparto a escala cada vez más amplia. El debilitamiento de la hegemonía yanqui frente a los avances de Rusia y China tiende a acelerar ese desenlace, que, como ya anunciara Lenin, es inherente al imperialismo.

